La Participación Infantil, ¿Mito o Realidad?
Resumen
El Comité de la Convención de los Derechos del Niño celebró si día de Debate General el 17 de septiembre de 2004 en Ginebra, Suiza, y se dedicó al tema “Implementación de los derechos de los niños en la pequeña infancia”. La Fundación Bernard van Leer formó parte del comité organizador y a través de su revista Espacio para la Infancia, le pidio a sus contrapartes que contestasen un cuestionario como punto de partida para la reflexión en el grupo de trabajo sobre “Niños pequeños como agentes de su propio desarrollo”. El presente texto es resumen de las respuestas obtenidas.
Textocompleto
Todos los países del Caribe han ratificado y firmado la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas en la que se consagra la noción del derecho del niño a participar en decisiones que afecten su vida. Con la introducción del concepto de participación, la Convención desvía el enfoque desde la perspectiva de bienestar hacia los derechos. Y lo hace promoviendo el derecho de expresar opiniones y de ser escuchados, el derecho a la libertad de expresión, el acceso a la información y el derecho a la libertad de asociación.
La realización de estos derechos del niño requiere un cambio radical y fundamental en la manera como se define y trata al “niño” en la cultura caribeña. Necesita reemplazar la imagen clásica del niño como incapaz, pasivo y dependiente y elevarlo a la condición de agente social y sujeto de derechos. Esto implica que en el Caribe, el niño debe ser redefinido: no ha de ser considerado como propiedad de sus padres ni tampoco como objeto mudo a expensas de la benevolencia, guía o control del adulto. Se le debe conceder la voz crítica para su propio desarrollo.
Esto no resulta de fácil aplicación en ningún país y, con el clima de opinión que radica en muchas familias, comunidades y sociedades, esta dificultad parece prevalecer en als mismas raíces del orden y la estabilidad social.
En algunos países se divisa una pequeña ventana de cambio en las estrategias y modalidades de participación infantil. Normalmente, se han dado forma de parlamentos juveniles, elecciones infantiles, cumbre juveniles consejos de jóvenes, departamentos de asuntos juveniles y comités de conferencias. Pero, sin embargo, la participación en estos foros y actividades se limita a adolescentes y suele ocurrir como tendencia simbólica. Además, el impacto de estos eventos ocasionales, aunque importantes a la hora de emplazar los mensajes a favor de la participación infantil, suelen ser temporales.
Por lo que respecta al desarrollo de la primera infancia, en lo referente al gobierno y las familas, solo se da un mínimo énfasis y, cuando se da, se limita a la atención, al custodia o a la preparación para la educación formal. Parece darse poca importancia al jeugo, al estimulación y la creatividad o, incluso, a la interacción social y la comunicación. Aunque existen evidencias de cambio en algunos países caribeños, los centros que ofertan más allá de la simple custodia o de programas académicos son de gestión privada y por tanto, fuera del alcance de la mayoría de la gente.
Es necesario que en los países caribeños no sólo se institucionalice la participación infantil de forma sistemática y sustentable, sino que, se extienda el mensaje y el precepto en las escuelas, familias y comunidades.
Variables de pobreza y socioculturales
En el Caribe existe una ignorancia generalizada de las fases de desarrollo psicológico intelectual del niño. Las creencias tradicionales locales y los mitos suelen contribuir a ello ya que radica la imagen del niño pequeño como inocente e incapaz, dependiendo del adulto.
Percepciones inadecuadas y escaso trato se añaden al creciente estrés experimentado por padres y otros adultos. Recientes investigaciones han identificado el estrés y la frustración paterna como correlativos de niños reservados y no participativos. El uso del castigo corporal como método disciplinario preferido es también una variable relacionada con esto. Un patrón constante indica que incluso niños muy pequeños son castigados en conformidad.
El estrés de los padres se relaciona con condiciones como la pobreza. Las madres solteras que asumen la doble la carga del empleo y la crianza suelen ser las más susceptibles de sufrir estrés. En estos países con altas tasas de desempleo y crisis económicas se da el problema adicional de la emigración de adultos, con al consecuente fragmentación del apoyo de la red familiar y la creciente prevalencia de la paternidad individual. La noción original de África y de algunas comunidades caribeñas de que “para educar a un niño hace falta una tribu entera” es bastante improbable que ocurra en las circunstancias actuales.
Junto a la pobreza, el desempleo y la migración, se dan también crecientes índices de delincuencia y criminalidad, sobre todo en zonas urbanas. El deteriorado espíritu comunitario convierte al entorno local en inseguro para los niños y limita su participación en el juego y otras actividades más allá de loes estrechos confines del hogar.
En el ciclo de la vida de la infancia en el Caribe existe una brusca transición desde la permisividad e indulgencia de los más pequeños, hacia la disciplina impuesta a la edad de 4 o 5 años. A partir de ahí, un buen niño es aquel que se comporta bien, es educado y obediente, “visto pero no oído”. Esta concepción desemboca en mayor presión para que prevalezca la disciplina y el control más que la previsión de espacio y libertad para la participación infantil.
Conclusión
En el caribe, los niños pequeños permanecen invisibles y sin voz incluso en sus propias familias. La cultura de la particpación infantil debe filtrarse desde las ceremonias oficiales de la escuela, hogares y comunidades, y transformarse desde lo decorativo y simbólico, a la involucración significativa. Las intervenciones deben ir más allá del entorno socio-institucional desafiando los implícitos mitos culturales e ideológicos y creencias que han configurado imágenes caducadas de la innata configuración, capacidad y carácter del niño.
La realización de estos derechos del niño requiere un cambio radical y fundamental en la manera como se define y trata al “niño” en la cultura caribeña. Necesita reemplazar la imagen clásica del niño como incapaz, pasivo y dependiente y elevarlo a la condición de agente social y sujeto de derechos. Esto implica que en el Caribe, el niño debe ser redefinido: no ha de ser considerado como propiedad de sus padres ni tampoco como objeto mudo a expensas de la benevolencia, guía o control del adulto. Se le debe conceder la voz crítica para su propio desarrollo.
Esto no resulta de fácil aplicación en ningún país y, con el clima de opinión que radica en muchas familias, comunidades y sociedades, esta dificultad parece prevalecer en als mismas raíces del orden y la estabilidad social.
En algunos países se divisa una pequeña ventana de cambio en las estrategias y modalidades de participación infantil. Normalmente, se han dado forma de parlamentos juveniles, elecciones infantiles, cumbre juveniles consejos de jóvenes, departamentos de asuntos juveniles y comités de conferencias. Pero, sin embargo, la participación en estos foros y actividades se limita a adolescentes y suele ocurrir como tendencia simbólica. Además, el impacto de estos eventos ocasionales, aunque importantes a la hora de emplazar los mensajes a favor de la participación infantil, suelen ser temporales.
Por lo que respecta al desarrollo de la primera infancia, en lo referente al gobierno y las familas, solo se da un mínimo énfasis y, cuando se da, se limita a la atención, al custodia o a la preparación para la educación formal. Parece darse poca importancia al jeugo, al estimulación y la creatividad o, incluso, a la interacción social y la comunicación. Aunque existen evidencias de cambio en algunos países caribeños, los centros que ofertan más allá de la simple custodia o de programas académicos son de gestión privada y por tanto, fuera del alcance de la mayoría de la gente.
Es necesario que en los países caribeños no sólo se institucionalice la participación infantil de forma sistemática y sustentable, sino que, se extienda el mensaje y el precepto en las escuelas, familias y comunidades.
Variables de pobreza y socioculturales
En el Caribe existe una ignorancia generalizada de las fases de desarrollo psicológico intelectual del niño. Las creencias tradicionales locales y los mitos suelen contribuir a ello ya que radica la imagen del niño pequeño como inocente e incapaz, dependiendo del adulto.
Percepciones inadecuadas y escaso trato se añaden al creciente estrés experimentado por padres y otros adultos. Recientes investigaciones han identificado el estrés y la frustración paterna como correlativos de niños reservados y no participativos. El uso del castigo corporal como método disciplinario preferido es también una variable relacionada con esto. Un patrón constante indica que incluso niños muy pequeños son castigados en conformidad.
El estrés de los padres se relaciona con condiciones como la pobreza. Las madres solteras que asumen la doble la carga del empleo y la crianza suelen ser las más susceptibles de sufrir estrés. En estos países con altas tasas de desempleo y crisis económicas se da el problema adicional de la emigración de adultos, con al consecuente fragmentación del apoyo de la red familiar y la creciente prevalencia de la paternidad individual. La noción original de África y de algunas comunidades caribeñas de que “para educar a un niño hace falta una tribu entera” es bastante improbable que ocurra en las circunstancias actuales.
Junto a la pobreza, el desempleo y la migración, se dan también crecientes índices de delincuencia y criminalidad, sobre todo en zonas urbanas. El deteriorado espíritu comunitario convierte al entorno local en inseguro para los niños y limita su participación en el juego y otras actividades más allá de loes estrechos confines del hogar.
En el ciclo de la vida de la infancia en el Caribe existe una brusca transición desde la permisividad e indulgencia de los más pequeños, hacia la disciplina impuesta a la edad de 4 o 5 años. A partir de ahí, un buen niño es aquel que se comporta bien, es educado y obediente, “visto pero no oído”. Esta concepción desemboca en mayor presión para que prevalezca la disciplina y el control más que la previsión de espacio y libertad para la participación infantil.
Conclusión
En el caribe, los niños pequeños permanecen invisibles y sin voz incluso en sus propias familias. La cultura de la particpación infantil debe filtrarse desde las ceremonias oficiales de la escuela, hogares y comunidades, y transformarse desde lo decorativo y simbólico, a la involucración significativa. Las intervenciones deben ir más allá del entorno socio-institucional desafiando los implícitos mitos culturales e ideológicos y creencias que han configurado imágenes caducadas de la innata configuración, capacidad y carácter del niño.
Fuente
Tomado de la revista Espacio para la Infancia de la Fundación Bernard van Leer - Noviembre de 2004.
El Comité de la Convención de los Derechos del Niño celebró si día de Debate General el 17 de septiembre de 2004 en Ginebra, Suiza, y se dedicó al tema “Implementación de los derechos de los niños en la pequeña infancia”. La Fundación Bernard van Leer formó parte del comité organizador y a través de su revista Espacio para la Infancia, le pidio a sus contrapartes que contestasen un cuestionario como punto de partida para la reflexión en el grupo de trabajo sobre “Niños pequeños como agentes de su propio desarrollo”. El presente texto es resumen de las respuestas obtenidas.
Comments
Hay que respetar las preferencias de los niños en las distintas actividades que realizan, sin embargo debido a que el niño no cuenta aun con las instancias psiquicas debidamente formuladas y activadas en su conducta, los padres deben vigilar las acciones de los pequeños, corregir y enseñarlos a ser personas de bien, para que en el futuro sean adultos exitosos y eso solo se logra con disciplina, la disciplina es algo positivo para el niño, un niño disciplinado se desenvuelve de manera correcta en todos los ambientes.
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